abril 29, 2026
Ermita y Taberna de San Jurdi (Saniurdi) en Fruiz

En el año 1994 el Ayuntamiento de Fruiz realizó un trabajo sobre el alcance de sus competencias en relación con los caminos que existían o hubiesen existido con anterioridad a 1994 en el ámbito jurisdiccional del municipio. Para ello, un dato importante era conocer la localización de las iglesias, ermitas o cementerios en el pueblo a lo largo de la historia, ya que muchos caminos tenían relación directa con la comunicación entre barrios/viviendas y ermitas/iglesias/cementerios.
El siglo XVI es el punto a partir del cual la documentación contempla la presencia de las Anteiglesias en Bizkaia. La situación anterior a ese momento debe resignarse a un goteo de información que, hasta el momento insuficiente por lo escaso de las aportaciones y de lo prospectado, nos proporcione otros métodos de investigación histórica.
En aquel estudio de 1994 Fruiz (Anteiglesia de la Merindad de Uribe) se hallaba configurada por un diseminado agrupamiento de barriadas que aglutinaba a la población en los barrios de:
- Mandaluniz
- Aldai
- Elejalde
- Andekoa
- Lotina
- Botiolas
- Legarreta
Según el estudio: «en este espacio territorial de la Anteiglesia se localizaban varios edificios religiosos siendo el principal de ellos la iglesia parroquial de San Salvador en Elejalde. Además de este importante templo se encontraron en la documentación consultada, referencias a los de: «San Esteban, San Miguel, San Jurdi y San Lorenzo en los barrios de Mandaluniz, Botiolas, Aldai y Andeko respectivamente y si bien la población pudo tomar a estos templos religiosos como elementos centralizadores del espacio, hoy en día tan sólo persisten en el municipio las ermitas de San Lorenzo en Andeko y San Miguel en Botiola»

De este estudio se deduce la siguiente distribución de «templos» (iglesia, ermitas) en Fruiz:
- Iglesia de San Salvador en el barrio Elejalde
- Ermita de San Esteban en el barrio Mandaluniz
- Ermita de San Miguel en el barrio Botiolas
- Ermita de San Jurdi en el barrio Aldai
- Ermita de San Lorenzo en el barrio Andeko
Representación artística imaginada de la ermita San Jurdi en Fruiz:

La referencia a la Ermita de San Jurdi coincide con la actual identificación en plano del grupo de viviendas «San Jurdi» en el barrio Aldai: Oralmente se conoce como «SANIURDI – SAÑURDI».

Plano PGOU 2026 – Fruiz – San Jurdi
En el siglo XIX uno de los edificios que componen el conjunto San Jurdi, acogió la taberna (bar) de SANIURDI regentado por el matrimonio Rafael Monasterio Ugalde (Errefel), Julia Legarretaetxebarria y su hija Luisa Monasterio Legarretaetxebarria (Luisita), vecinos del barrio Andekos en Fruiz, del caserío Aurrekoetxe.
En la novela BERROIALES que publiqué en el año 2011 (narro una historia mágica en Fruiz y sus alrededores) me basé en la historia de la Ermita de San Jurdi y de la Taberna de Saniurdi para elaborar un par de episodios imaginarios a los que acompañé con ilustraciones dibujadas con tinta y pluma. Uno de los motivos de incluir este lugar de Fruiz en la novela fue que uno de los edificios que componen el conjunto San Jurdi fué un molino impulsado con aguas del rio Oxinaga a su paso por Fruiz. La novela «Berroiales» se basa en la historia de unos seres fantásticos cuyo medio de vida transcurre en los rios de Fruiz y sus molinos y ferrerías, por tanto, el molino de San Jurdi debía estar presente en la novela.
En la página 194 de la novela menciono que los protsgonistas (los Berroiales y Gillen) llegan al molino abandonado de Saniurdi y en el Episodio 41 de la novela dedico un pasaje al «Milagro de Saniurdi«que mezcla Ermita y Taberna en un imaginario:

Episodio 41: Un milagro en Saniurdi (Libro Berroiales)
(…) y hablando de hallazgos, cuando los cavadores buscaban nuevas salidas, dieron de nuevo con la pared de la bodega de Saniurdi chocando con un objeto, que sonó a madera y despertó su curiosidad.
Decidieron continuar cavando cuando se desprendieron unas piedras que los golpearon y tiraron al suelo, hasta caerles encima el objeto causante del desprendimiento. Al recomponerse, acercaron una vela para saber de qué se trataba y, a medida que lo limpiaban de barro, fue apareciendo una talla de madera que, poco a poco, descubría la forma rudimentaria de un varón, con un corazón en su mano derecha y el rostro dirigido hacia arriba, conservando aún algo de su pintura originaria.
Se quedaron impresionados y llamaron a Gillen quien, junto a Pechines, Kirru y Antxova terminaron de limpiar la escultura de madera, apareciendo en su peana unas letras que les costó descifrar y en las que al fin leyeron: «Santo Iordan«.
Llegaron a la conclusión de que, en tiempos muy remotos allí habría existido una Ermita con advocación a dicho Santo, sin que nadie luego le recordase.
Ya limpio le pusieron de pie y rehicieron el punto en el que la pared se había derrumbado.
Para que la tabernera lo descubriese, encendieron una de las velas que allí almacenaba y la pusieron a sus pies. Se escondieron entonces en la galería y esperaron, confiando en haber contribuido a la recuperación de una verdadera joya de la historia religiosa del pueblo.
No pasó mucho tiempo hasta que se abrió la trampilla y vieron bajar por la escalera a la tabernera, con un farol y una jarra. Hacia la mitad de la escalera dio un grito y cayó rodando hasta que su nariz quedó a un palmo de la figura del Santo. Pálida y temblorosa se arrodilló santiguándose y dijo en tono bajo:
—¡Milagro! —Para repetir cada vez más fuerte-: ¡MILAGRO! —A la vez que subía precipitadamente y lanzaba un último-: ¡MIIILAAAAAGROOOOO! ¡La Patrona ha hecho un milagro!
Después de la partida del Obispo, el ambiente de la taberna se había hecho alegre y bullicioso, y la tabernera estaba sacando buenos réditos porque el vino corría con fluidez. Los primeros que se asomaron al hueco de la trampilla cayeron de rodillas, como desplomados y los ojos como platos, quitándose la boina. Los demás, que les vieron, se acercaron en tromba y la luz de la bodega volvió a alumbrar unas caras asombradas en las que había desaparecido el semblante festivo de segundos antes.
-¡Jesús! ¡ Ené! ¡Ahivá! ¡Milagro!
Entonces, la tabernera inició las letanías de un rosario, que inmediatamente sonó con una contundencia y un fervor inusitados, mientras en su fuero interno prometían no beber vino más que por Navidad, y no pisar la taberna porque era lugar sagrado, donde había ocurrido un milagro. Fueron saliendo con actitud de gran recogimiento, diciéndole a la dueña que aquel sitio no era ya una taberna sino otra Ermita más.
La tabernera se quedó sola con la trampilla abierta, por la que salía la luminosidad de la vela, llegando rápidamente a la conclusión de que, por mucho milagro que aquello fuese, la verdad es que en adelante iba a provocar que tuviera que dedicarse más a «serora» que a tabernera.
Por lo tanto, bajó a la bodega para envolver la figura en un mantel, dejó una nota que había garabateado en el mostrador, desalojó al último y, dando un portazo, se marchó con rumbo desconocido.
Al anochecer un grupo de hombres entró en la taberna para saber si había ocurrido alguna otra cosa, bajaron a la bodega y, con lo que leyeron, se dieron cuenta de que la tabernera había decidido realojarla en otro lugar. El escrito decía:
«La imagen que visteis en esta bodega es la mía, Beato Jordán de Sajonia, que en el año 1237 partí a Tierra Santa a visitar nuestros conventos dominicanos. De regreso, nuestra nave se hundió en las costas de Siria, frente a la Tolemaida, donde fui enterrado. Me acompañaba en aquel viaje un vecino de este pueblo Fray Gregorio Duodena, que rescató mi cadáver.
Mucho debió de influir en él mi amistad, queriendo erigir una Ermita de regreso a su pueblo y nombrándome Santo de ella. Aquí me veneraron los vecinos durante siglos, hasta que caí en el olvido.
Hoy resurjo de sus cimientos por gracia de la Patrona, para anunciaros que, lo que digo, claro os debe quedar: La Patrona ha iluminado este lugar, que fue para rezar, luego para moler y ahora para libar, y hasta vosotros me ha ayudado a llegar.
Pero no es para quedar sino para marchar. Por esto y sin dudar debéis de nuevo regresar. Que yo en tierra o en la mar sabré dónde descansar. Así que os quiero consolar y con todas mis oraciones animar a que no tengáis ningún pesar porque a la taberna vengáis a disfrutar.»
No se supo nunca más de Santu lordan y la taberna volvió a cumplir con su misión, además promocionada por el texto del Santo, que colgaba en mitad de la pared de la taberna, dentro de un marco de nogal.
Aquél fue el primer año en que, en las fechas navideñas, la tabernera colocó un Olentzero muy bien disfrazado y con una tableta de turrón en su mano derecha.


Autor/a: Elorriaga Zubiagirre







