septiembre 3, 2026

Cuando las campanas hablaban en Fruiz

Hay recuerdos que no están escritos en ningún libro y que, sin embargo, forman parte de la historia de un pueblo. A veces permanecen en la memoria de una persona y, mientras alguien sea capaz de contarlos, siguen vivos.

Durante mucho tiempo, las campanas fueron una de las principales formas de comunicación y de organización de la vida en Fruiz. Cuando no existían el teléfono, la radio, la televisión, internet o los teléfonos móviles, hacer llegar una noticia a quienes vivían en los caseríos no era sencillo. Las cartas y los avisos escritos tampoco permitían una comunicación inmediata ni estaban al alcance de todas las personas. Por eso, el sonido de las campanas de la iglesia de Fruiz llegaba allí donde otros medios no podían llegar.

Pero las campanas no solo comunicaban noticias. También ayudaban a organizar el tiempo de Fruiz. Los primeros relojes mecánicos aparecieron en Europa a finales del siglo XIII, pero durante siglos fueron objetos poco habituales en los hogares. En los caseríos de Fruiz tampoco era algo que estuviera al alcance de cualquiera: todavía a finales del siglo XIX y comienzos del XX no todas las casas tenían reloj propio. Por eso, durante mucho tiempo, las campanas siguieron siendo el reloj y la voz común de Fruiz.

Es en ese mundo donde encontramos a Mertxe Basterretxea, nacida en Fruiz en 1944 y vecina del caserío Maisuene, situado junto a la iglesia de San Salvador. Hoy, con 82 años, es la última campanera de Fruiz.

Mertxe es hija de Jose Basterretxea, sacristán de la parroquia de San Salvador. Su familia vivía junto a la iglesia y desde niña Mertxe estuvo familiarizada con la torre del campanario, las campanas y los diferentes sonidos que marcaban la vida de Fruiz.

Fue su padre quien le transmitió aquel conocimiento, pero Mertxe no se limitó a aprenderlo. Ella misma se movió por la torre del campanario, manejó las cuerdas de las campanas y las hizo sonar durante aquellos años.

Y cuando hoy habla de ellas, no solo recuerda cómo sonaban. Sus manos todavía recuerdan cómo hacerlas sonar.

Mientras explica los diferentes toques, Mertxe mueve las manos como si todavía estuviera agarrando las cuerdas. Los gestos salen de manera natural, perfectamente coordinados. No está simplemente recordando algo que le contaron: está reproduciendo los movimientos que ella misma hizo tantas veces con aquellas cuerdas.

Lo que Mertxe conserva no es solamente un recuerdo familiar. Es el conocimiento de una práctica que durante generaciones formó parte de la vida de Fruiz: saber cuándo tocar, cómo hacerlo, qué campana utilizar, desde qué lugar de la torre y qué significaba cada sonido.

El toque manual de campanas forma parte desde 2022 del patrimonio cultural inmaterial reconocido por la UNESCO, precisamente por los conocimientos, técnicas y formas locales de ejecución que se transmiten de generación en generación y que han servido tradicionalmente para comunicar acontecimientos y organizar la vida de las comunidades. En Fruiz, ese patrimonio sigue vivo en la memoria y en las manos de Mertxe.

Antes de Mertxe: la campana como voz de la anteiglesia

Para comprender la importancia de las campanas en Fruiz hay que remontarse mucho más atrás que a la infancia de Mertxe.

Fruiz fue una anteiglesia de la Merindad de Uribe, con asiento (nº62) y voto en las Juntas Generales de Gernika al final del periodo foral. La iglesia de San Salvador no era solo un lugar de culto, sino también un centro de la vida comunitaria: después de misa, los vecinos se reunían en «batzarra» convocados a toque de campana.

Aquel «batzarrerako deia» era una llamada civil. En las antiguas anteiglesias vizcaínas podía hacerse mediante varios avisos para dar tiempo a acudir a quienes vivían más alejados, de ahí la expresión tradicional “a son de campana tañida y cruz parada”.

Estas llamadas son, por tanto, muy anteriores a Jose y Mertxe. En el soportal de San Salvador se conserva además la mesa donde tradicionalmente se celebraban estas reuniones, conocida como baga o fiel-harria. La imagen resume aquella organización comunitaria: la campana convocaba y el soportal acogía la reunión.

Este sistema comenzó a desaparecer con la transformación de la organización foral. En 1876, la abolición de los Fueros y las instituciones forales de Bizkaia marcó el final de aquella estructura política, aunque la desaparición de las antiguas costumbres de convocatoria fue progresiva. La vida municipal fue pasando poco a poco al modelo de Ayuntamiento, mientras la iglesia de San Salvador continuó siendo durante mucho tiempo un lugar fundamental para la vida de Fruiz.

Las tres campanas que conoció Mertxe: Santa Barbara, San Salvador y Txilín.

Cuando Mertxe recuerda las campanas de San Salvador, habla de tres.

Dos son las grandes campanas que todavía se conservan en el campanario de la torre de Fruiz. La tercera que ya no esta en la torre era mucho más pequeña y tenía un nombre propio: Txilin.

La campana de San Salvador

La campana mayor es la de San Salvador, la misma advocación que da nombre a la iglesia de Fruiz. Fue fundida en 1804, tiene 106 cm de diámetro, 82 cm de altura de bronce y un peso aproximado de 689 kg, siendo la mayor de las dos que actualmente se conservan en la torre (Ficha técnica: Campana San Salvador. Formato PDF >>)

En ella aparece la inscripción “Mr Dmo Antº DE MARDARAS Jun Ml DE FRUNIZ”, donde figuran Antonio de Mardaras y Juan Manuel de Fruniz. No podemos saber con certeza cuál era la función de ambos, pero por la forma en que aparecen sus nombres en la inscripción es razonable pensar que estuvieron relacionados de alguna manera con el encargo, financiación o realización de la campana.

La segunda inscripción dice “Sdo Cra D SALVATOR MUNDI MISERERE NOBIS Sizo AÑO DE 1804”. La expresión latina “SALVATOR MUNDI MISERERE NOBIS” significa “Salvador del mundo, ten piedad de nosotros”. La campana presenta además una cruz de Calvario como elemento decorativo.

Por su tamaño, antigüedad y advocación, es una pieza especialmente representativa de San Salvador: lleva el nombre de la iglesia y durante generaciones fue una de sus principales voces hacia Fruiz.

La campana de Santa Bárbara

La segunda campana grande es la de Santa Bárbara, también fundida en 1804. Tiene 97 centímetros de diámetro, 75 centímetros de altura de bronce y un peso aproximado de 528 kilos (Ficha técnica: Campana Santa Barbara. Formato PDF >>)

Su inscripción dice: “SANTA BARBARA ORA PRO NOBIS AÑO DE 1804”.

En castellano significa: “Santa Bárbara, ruega por nosotros. Año de 1804.”

Su advocación está tradicionalmente relacionada con la protección frente a las tormentas, los rayos y el granizo, algo especialmente importante en un entorno rural como Fruiz, donde una tormenta podía poner en peligro las cosechas, los animales y las casas. Por ello, Santa Bárbara quedó vinculada en muchos lugares a las rogativas y a las peticiones de protección ante el mal tiempo.

En Fruiz, la documentación de esta campana recoge precisamente las rogativas entre sus usos tradicionales, junto con otros toques religiosos y comunitarios. Así, la campana de Santa Bárbara formaba parte de aquel antiguo paisaje sonoro con el que la comunidad acompañaba sus momentos de necesidad y pedía protección para el pueblo y sus cosechas.

La pequeña Txilin

Mertxe conoció también una tercera campana, más pequeña que las otras dos, a la que se le conocía en Euskera como «Txilin». Recuerda su sonido como más agudo y alegre, acompañando a las dos campanas grandes de la torre y complementando sus toques.

La campana Txilin en la antigua ermita de Olabarri (Errigoiti)

Txilin es de bronce y lleva en el hombro la inscripción: «VDCCCIV SANCTE ANGELE CUSTOS»:
La fecha VDCCCIV corresponde al año 1804, la misma fecha que las campanas Santa Bárbara y San Salvador, aunque en esta aparece escrita en números romanos. La frase significa «Santo Ángel Custodio».

Epigrafía en la campana

La inscripción da a «Txilin» un carácter especialmente protector:

Según la tradición de la época, invocar al Ángel Custodio mediante el bronce de una campana buscaba proteger a la comunidad de los peligros que podían amenazarla, tanto materiales como espirituales: tormentas, rayos y granizo; enfermedades y epidemias; guerras, asaltos y otros peligros; y también la muerte repentina y los peligros espirituales asociados a ella. La campana conserva además una cruz del Calvario tallada, otro símbolo tradicional de protección cristiana que refuerza el significado de la inscripción.

Su sonido se entendía así como una protección que se extendía sobre Fruiz.

Con el tiempo, fue el párroco de Fruiz Martin Olazar Uribe quien trasladó «Txilin» a la ermita del barrio Olabarri, en Errigoiti. Aquella pequeña campana dejó así de formar parte del conjunto del campanario de Fruiz.

La campana «Txilin» de Fruiz en la antigua ermita de Olabarri (Errigoiti)

Un reloj que sonaba desde la torre del campanario

Las campanas fueron durante años el reloj de Fruiz, y detrás de aquellos toques estuvieron las manos de Jose Basterretxea y, después, las de su hija Mertxe.

Desde la parte baja de la torre, Jose y Mertxe marcaban los principales momentos del día:
Al amanecer, el toque del alba anunciaba el comienzo de la jornada: era hora de levantarse y ponerse con las faenas.
A las doce, llegaba «eguerdia», el aviso para dejar por un momento el trabajo, volver a casa, comer y descansar antes de continuar.
Al caer la tarde, cuando terminaba la jornada, volvían a hacer sonar las campanas para señalar que era hora de recoger, regresar a casa, cenar y descansar.

Así, la labor de Jose y Mertxe tenía una importancia que iba mucho más allá de la propia iglesia. Ellos ponían en hora a Fruiz.

Desde los barrios y caseríos, cada toque tenía un significado que todos conocían y ayudaba a coordinar el trabajo, las comidas y los descansos. Antes de que los relojes formasen parte de la vida cotidiana, el pueblo no necesitaba mirar la hora: escuchaba las campanas.

Los toques de misa y los días festivos

Desde el interior de la torre, en el piso a media altura, Jose y Mertxe realizaban otros toques de campana que tenían que ver con la vida religiosa y con el calendario semanal. Allí sonaban las campanas para anunciar la misa, pero también para señalar que llegaba el tiempo de descanso y de fiesta.

Los sábados, alrededor de la una o las dos de la tarde, Mertxe recuerda cómo las campanas anunciaban la llegada del sábado y, con él, el comienzo del tiempo festivo.

Era una costumbre que tenía paralelos en otros lugares: el toque del sábado podía servir para anunciar por adelantado el domingo, diferenciando el día festivo de los días de trabajo.

Al día siguiente, el domingo, las campanas volvían a sonar para llamar a la misa. Los domingos y días de fiesta sonaban tres veces antes de la Misa Mayor, y el toque adquiría entonces un carácter más alegre y vivo.

Cuando moría alguien

Desde esa misma zona interior de la torre sonaban también las campanas cuando alguien moría. Jose o Mertxe eran quienes daban el toque de difuntos, y Mertxe recuerda perfectamente aquella señal: tres toques si había fallecido un hombre y dos si se trataba de una mujer. El toque a muerto se daba por la mañana para avisar del fallecimiento y volvía a sonar cuando la persona fallecida llegaba a la iglesia.

No hacía falta explicar nada más. En cuanto aquel sonido llegaba desde la torre de San Salvador, quienes vivían en Fruiz sabían que alguien había muerto. Las campanas llevaban la noticia de caserío en caserío y permitían que toda la comunidad conociera el fallecimiento de una de sus personas. Era un toque que todo el mundo sabía reconocer y que mostraba, una vez más, cómo las campanas acompañaban los momentos más importantes de la vida de Fruiz.

Cuando había fuego

Había una situación en la que el sonido de las campanas cambiaba por completo: cuando había fuego o alguna emergencia que requería la ayuda de la comunidad. El incendio podía producirse en una casa, un caserío, una cuadra o en el monte, y era fundamental avisar rápidamente para que quienes estuvieran cerca pudieran acudir a ayudar.

En esos casos, Mertxe recuerda que había que subir hasta la parte más alta de la torre, junto a las campanas, y hacer sonar el toque de fuego, conocido también como su-kanpaia o toque de arrebato. El ritmo era rápido, insistente y nervioso, completamente diferente de los toques que marcaban las horas o anunciaban la misa. Quien escuchaba aquel sonido sabía que algo estaba ocurriendo y que había que dejar lo que estuviera haciendo y acudir en ayuda de quienes lo necesitaban.

Las cuerdas y el oficio de campanera

Para hacer sonar las campanas había que conocer también las cuerdas y la propia torre.

Mertxe recuerda que las cuerdas eran de un material parecido al utilizado en las de «soka-jantza». Con el uso, algunas podían romperse.

En la parte baja de la torre había un asidero metálico que facilitaba el agarre. Mertxe todavía reproduce con las manos el movimiento de coger aquellas asas y tirar de las cuerdas. Cuando hoy reproduce el gesto con las manos no está imitando a su padre: está recordando sus propios movimientos

Las escaleras eran estrechas y, cuando había que subir rápidamente, Mertxe recuerda que alguna vez lo hacía «a cuatro patas». A esa manera de subir por la escalera la llama «lautxakur».

Todo formaba parte del aprendizaje: conocer los sonidos, saber cuándo tocar, manejar las cuerdas, distinguir cada aviso y moverse por una torre que no estaba pensada precisamente para las prisas.

Vista desde el campanario: Caserio Maisuene a la izquierda y la «casa parroquial» donde hoy se sitúa la Panadería

Cuando las campanas dejaron de tocarse con las manos

Con el paso del tiempo, aquel mundo de campanas fue desapareciendo. Fue el párroco Martín quien decidió sustituir el sistema tradicional de toque manual por un sistema de campanas eléctricas. Las campanas que Mertxe conoció y ayudó a tocar siguen en la torre, pero hoy permanecen mudas.

Mertxe aprendió todo aquello junto a Jose y, además, lo vivió en primera persona como campanera. Por eso, cuando habla de este cambio, dice una frase que resume perfectamente lo que se perdió: «Si mi padre escuchase ahora las campanas, diría: “esas no son las de Fruiz”». No se refería únicamente a las campanas físicas, sino a su sonido y a la manera de hacerlas hablar. Porque para Jose y Mertxe, cada toque tenía una forma, un ritmo y un significado, y todo aquel conocimiento formaba parte de la vida cotidiana de Fruiz

Mertxe, la última campanera

Quizá esa sea la razón por la que el relato de Mertxe tiene hoy un valor tan especial.

Jose Basterretxea dedicó su vida a la parroquia San Salvador como sacristán y conoció profundamente el funcionamiento de la iglesia y de sus campanas. A su lado, Mertxe aprendió desde niña un lenguaje que no se enseñaba en los libros: lo aprendió escuchando, lo aprendió mirando y lo aprendió haciendo. Durante años, ella misma subió a aquella torre, agarró las cuerdas y convirtió en sonido aquello que había aprendido de su padre. Hoy es la última campanera de Fruiz.

Y cuando habla de aquel tiempo, sus manos vuelven a moverse con energía como entonces. Recuerda dónde se colocaba, cómo agarraba las cuerdas, cómo tiraba de ellas y cómo cambiaba el sonido según aquello que había que anunciar.

En esas manos se encuentran dos generaciones: está Jose, que le transmitió el conocimiento. Y está Mertxe, que lo recibió, lo practicó y lo ha conservado hasta nuestros días.

Por eso su testimonio es mucho más que una historia sobre unas viejas campanas. Es una parte de la memoria sonora de Fruiz, un patrimonio inmaterial que durante siglos pasó de unas personas a otras y que hoy corre el riesgo de desaparecer si nadie lo recuerda.

Las campanas de San Salvador son de bronce, pero su voz siempre necesitó unas manos. Durante generaciones hubo personas que supieron hacerlas hablar: Jose fue una de ellas. Mertxe fue una de ellas.

Y hoy, cuando Mertxe vuelve a mover las manos en el aire para explicar cómo se tocaban, parece que aquel conocimiento todavía encuentra la manera de regresar a la torre.

Quizá por eso podemos decir que las campanas de Fruiz ya no hablan como entonces, pero su última campanera todavía conserva su voz.

Autor/a: Elorriaga Zubiagirre

Conoce el artista

A lo largo de la vida ha sido el “impulso vital” el que me ha llevado por el camino de la expresión plástica. Médico de profesión, apasionado de la montaña, las artes plásticas y la escritura. Fue en el hogar a través de los estímulos donde se despertó la vocación por el dibujo y la pintura. Conoce un poco más mi historia, mis fuentes de inspiración y los orígenes de mi camino creativo.

elorriagazubiagirre.com

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Jose Elorriaga
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