agosto 13, 2026
Dos eclipses, un pueblo: Fruiz
El 12 de agosto de 2026 quedará para mí ligado para siempre a una imagen muy concreta: el Sol descendiendo lentamente hacia Sallebante mientras la Luna lo iba ocultando.

Estaba en Aizpuru, en Fruiz, mirando hacia el barrio de Andeko y el paisaje que tantas veces había contemplado comenzó a adquirir un aspecto completamente diferente. La luz fue perdiendo intensidad, los colores se apagaron poco a poco y durante unos minutos tuve la sensación de que el día estaba cambiando delante de nosotros. El eclipse y el atardecer terminaron fundiéndose en una misma escena, hasta que el Sol desapareció finalmente detrás de la ermita de Sallebante.
Un pájaro cruza el eclipse con Sallebante de fondo:



En compañía: Iurgi, Jon, Ander, Ainara, Jon, Iker

Mientras contemplaba aquel momento pensé en otro eclipse que ocurrió en Fruiz 121 años antes, el miércoles 30 de agosto de 1905. Aquel año la situación era muy diferente. Era mediodía y Fruiz vivía todavía fundamentalmente al ritmo de los caseríos, las huertas y el ganado. A esas horas algunos vecinos estarían trabajando en el campo, otros atendiendo los animales y en las casas se prepararía la comida. El maíz seguía creciendo y el verano aún exigía muchas horas de trabajo. Para algunos el eclipse no sería una sorpresa: probablemente habían oído hablar de él en Mungia, en las conversaciones de los caminos o a través de algún periódico llegado de Bilbao. Para otros, sin embargo, el oscurecimiento repentino del día podía resultar completamente inesperado.
Quienes estaban preparados quizá habían conseguido un cristal ahumado para observar el Sol, una de las formas utilizadas entonces para proteger la vista. Algunos se fabricaban artesanalmente, ennegreciendo el cristal con una llama. Podemos imaginar a un joven de Fruiz guardando cuidadosamente el suyo mientras espera el momento anunciado. Otros simplemente levantarían la cabeza al notar que la luz empezaba a cambiar. Desde Fruiz el eclipse no alcanzó la totalidad y las nubes podían dificultar todavía más la observación, pero el fenómeno no necesitaba ser visto directamente para transformar el ambiente.
En las conversaciones que he podido compartir con la gente sobre el eclipse de este año, Ainhoa me refiere que ha sido testigo en el puerto de Lekeitio de cómo las gaviotas se amontonaron volando y graznaron durante y después del eclipse, y el vecino Jon me cuenta que las gallinas entraron al gallinero para dormir.
Habiendo sido el eclipse de este año al anochecer, no es difícil creer los relatos de 1905 contando cómo a mediodía los animales reaccionaron ante aquella oscuridad inesperada: gallos que cantaban fuera de hora, perros inquietos y aves que buscaban refugio. En los caseríos de Fruiz todos los animales debieron de percibir también que algo extraño estaba ocurriendo y reaccionarían de formas inesperadas.

Aquella escena permite imaginar un Fruiz muy distinto del actual. Un pueblo todavía rural, aunque ya rodeado por una Bizkaia que estaba cambiando rápidamente. La minería y la industria transformaban la ría de Bilbao, los conflictos de los trabajadores aparecían en las noticias y el ferrocarril acercaba Mungia a la capital. Las nuevas ideas llegaban cada vez más lejos, pero en Fruiz la vida seguía dependiendo de la tierra, de las cosechas y de los animales. Y en aquel mismo verano, el 3 de agosto de 1905, había nacido en la cercana Laukiz Esteban Urkiaga, quien años después sería conocido como Lauaxeta y se convertiría en una de las figuras fundamentales de la cultura vasca. Cuando llegó el eclipse Lauaxeta apenas tenía veintisiete días.
Pero para imaginar completamente aquella escena hay que mirar también hacia otro lugar: hacia la tradición oral vasca. Porque los hombres y mujeres que vivían en estos caseríos no habían heredado solamente tierras, animales y formas de trabajo. También habían heredado palabras e historias para interpretar el mundo que tenían alrededor:
El cielo podía ser Urtzi, Ortzi o Urtz; el Sol, Eguzki, también Eki o Ekhi; la Luna, Ilargi, Ilazki o Idargi; y la Tierra, Lurra, relacionada con Ama Lurra, la Madre Tierra. Estas figuras formaban parte de una antigua concepción en la que la naturaleza no era algo separado de las personas, sino un mundo vivo, poblado de fuerzas y seres con los que se convivía.
Para un joven de Fruiz, aquella oscuridad repentina podía tener así dos explicaciones que no necesariamente se excluían. Podía saber que la Luna pasaba delante del Sol, pero también podía escuchar de boca de sus mayores las historias que habían llegado hasta ellos a través de generaciones. Eguzki era hija de la Tierra y, cuando desaparecía por el oeste, regresaba hacia su madre. En el entorno de Gernika se conservó incluso una antigua despedida: Eguzki santu bedeinkatue, zoaz zeure amagana, «Sol santa, bendita, vete hacia tu madre». La luz de Eguzki tenía además un carácter protector frente a la oscuridad, una idea que pervivió en la tradición del eguzkilore, la flor del Sol que se colocaba en las puertas de los caseríos. Y cuando llegaba la noche aparecía otro mundo, habitado en los relatos por sorginak y otros seres vinculados a montes, cuevas y lugares apartados.
Quizá un niño preguntase aquel miércoles por qué Eguzki había desaparecido en pleno día. Un abuelo podía hablarle de Ilargi, de Urtzi y de Ama Lurra, o recordar alguna historia sobre las fuerzas de la noche. No sabemos qué relato concreto pudo escucharse en Fruiz y sería arriesgado inventarlo. Lo que sí podemos reconocer es ese antiguo lenguaje con el que nuestros antepasados nombraban el cielo, la tierra, el Sol y la Luna. La astronomía explicaba el eclipse; la tradición oral le daba un lugar dentro de la cultura en la que aquellas personas habían crecido.
Por eso, cuando he vivido el eclipse de 2026, la distancia entre aquel miércoles de 1905 y este de 2026 me pareció, por momentos, mucho menor. Hoy conocemos con precisión el movimiento de la Luna, utilizamos gafas solares y podemos fotografiar cada instante. Ya no dependemos de un cristal ahumado ni de un periódico para saber qué va a suceder. Sin embargo, cuando la luz comenzó a cambiar en Aizpuru, todo ese conocimiento dejó paso durante unos minutos a algo mucho más sencillo: mirar.
Hay otra coincidencia que hace todavía más especial la comparación. Ambos eclipses ocurrieron en miércoles, separados por 121 años. El de 1905 llegó alrededor del mediodía, cuando probablemente interrumpió una jornada de trabajo; el de 2026 se encontró con el final de la tarde y terminó mezclándose con el propio atardecer


Y fue precisamente ese encuentro entre eclipse y paisaje lo que hizo especial la experiencia. Desde Aizpuru, el Sol descendió hacia Sallebante mientras la Luna lo iba cubriendo. La montaña se acercó poco a poco a la última luz y finalmente la ermita quedó recortada delante del Sol, hasta que este desapareció detrás de ella.
Durante unos instantes pensé en aquellos vecinos de Fruiz que, en 1905, también habían detenido sus tareas para mirar al cielo. Algunos sabrían qué iba a ocurrir; otros se sorprenderían. Unos tendrían un cristal ahumado entre las manos y otros simplemente mirarían. Y quizá, mientras los jóvenes preguntaban, algún anciano recordara las palabras antiguas con las que su pueblo había aprendido a nombrar el universo.
Hoy utilizamos otros nombres y otras explicaciones, pero el cielo sigue siendo el mismo.
Y quizá esa sea la verdadera magia de un eclipse: durante unos minutos, el Fruiz de hoy y aquel Fruiz de 1905 vuelven a sentirse unidos bajo el cielo de Urtzi, ante el Sol Eguzki, Eki o Ekhi, la Luna Ilargi,Ilazki o Idargi, y la Tierra Ama Lurra.
No como una recreación del pasado, sino como una experiencia compartida a través del tiempo: la de quienes vivimos hoy en esta tierra y la de quienes, generaciones atrás, contemplaron el mismo cielo, pronunciaron sus antiguos nombres y nos dejaron como herencia una parte de la cultura vasca que todavía podemos reconocer cuando levantamos la mirada.

Autor/a: Elorriaga Zubiagirre







